El país se quedó sin Amarillo

Sí, un país de dos costas con paisajes azules y verdes saturados.Sí un país de mujeres bellas, pluriétnico, multicultural.Sí, un país de carnavales y días festivos sin argumento. Sí un país donde a la viveza, la mediocridad, y otras trampas se les agrega un valor cómico .

El país ya no sangra, ya está muerto. Hay quienes caminan entre escombros y creen en los frutos producto de una tierra infértil. Infertil porque lo único que abunda es el resentimiento , cuando de revolución se trata, y si no es resquemor es avaricia- como el ladrón que aprovecha el terremoto para saquear las tiendas; como ciertos coyotes alabados por la mediatización-.

– ¡Qué vivan los estudiantes! – Otra disculpa para sentirnos patriotas por una semana y luego seguir caminando sin aplicar las palabras de textos que en algún espacio quedaron olvidadas, seguir caminando con las mentes vacías. La revolución empieza en la mente, de manera individual, no mediante protestas vacías, gritos e insultos al Estado o cualquier figura pública (Aunque ¡claro! podemos estar seguros de la existencia de muchos hijos de puta en este pedazo de continente.Y es que cómo es posible que hayan ateos pero no antipatriotas .Deberíamos serlo, siempre he dicho que es mejor odiar que amar – no te hieren si odias, eres insensible y tosco.El perfecto estado mental que llamo yo).

La historia colombiana y su costal de violencia que lleva cargando no ha sido producto de revoluciones fallidas o transformaciones triviales. Incluso, el constitucionalismo está ligado a vuelcos grandes y significativos. La mancha en el mantel está justo en, como lo había mencionado antes, el resentimiento. El violador antes fue violado.Ahora, los intereses pariculares se interponen y marcan de tal forma que el concepto de revolución; Los movimientos de resistencia han callado otras mentes ( El caso del M-19 y José Raquel Mercado…donde uno no sabe si amar  al verdugo por aplicar justicia o al condenado por tener condición de martir).

Colombia se ha quedado sin el amarillo de la bandera – como nos enseñaron en la primaria. El amarillo de oro, de la riqueza- se ha quedado sin valor, y el poco que nos quedaba lo han vendido, y las sobras  las han ignorado y malgastado, así por obligación aprendemos a despreciarlas. Los diarios que nos dan de desayuno la dosis de pigmento amarillo necesario – con páginas populacheras. Diría repugnantes por su contendio tan banal-.

Cierro este pequeño texto pueril para expresar abiertamente que quiero a Colombia, me duele mi País, pero NO creo en él.

Ana Eme

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